La idea está pensada sobre los médanos de Monte Hermoso y fue el trabajo final del flamante arquitecto Juan José Migliorini. “Apuesto a proyectar con conciencia ambiental y cultural, donde cada decisión constructiva y espacial contribuya a restituir equilibrio entre naturaleza y habitar”.
La idea de un Parque Cultural casi como suspendido en un médano, con vista al mar montehermoseño, –e integrado a las dunas y arboleda, con espacios para difundir la cultura –presentado por el bahiense Juan José Robles Migliorini, logró una de las menciones en el Concurso de Clarín para estudiantes de Arquitectura, que tuvo récord de inscriptos.
Juan José es bahiense, tiene 30 años. Recibió el diploma en una ceremonia realizada en Capital Federal; del concurso participaron 184 propuestas de universidades públicas y privadas de todo el país.
El premio es “un gran aliciente porque creo que hay que repensar la arquitectura desde la conciencia del lugar, entendiendo que cada forma construida es una respuesta —y no una imposición— sobre el territorio que la recibe. Apuesto a proyectar con conciencia ambiental y cultural, donde cada decisión constructiva y espacial contribuya a restituir equilibrio entre naturaleza y habitar”.
La propuesta de Juan José mezcla lo artístico con el espacio natural y fue su tesis de trabajo final para la carrera de Arquitectura, que defendió en diciembre pasado.
“En un mundo digital, hacer algo que reconozca a la naturaleza como parte de la edificación me pareció pertinente”, contó Juan, cuya infancia en la playa “donde el sol sale y se pone en el mar” era tradición familiar en el verano.
“El trabajo surge del interés por repensar la arquitectura desde la conciencia del lugar, entendiendo que cada forma construida es una respuesta —y no una imposición— sobre el territorio que la recibe”, describe Juan sobre el origen de su tesis.
El Parque Cultural surge porque “en un tiempo saturado y fragmentado, la verdadera transformación no vendrá de multiplicar estímulos, sino de crear lugares donde la vida vuelva a sentirse entera.
“La modernización invirtió la relación con el ambiente. La arquitectura pasó a concebirse como objeto autónomo, capaz de existir en cualquier parte. El resultado es un mundo lleno de edificios que no pertenecen realmente a ningún sitio. Pensar la naturaleza no como un decorado, sino un agente activo en la definición del espacio” resumió.
“La intervención no reemplaza al paisaje, sino que lo intensifica, cuando permite que lo existente siga hablando y, al mismo tiempo, lo vuelve más legible para quien lo recorre”, indicó.
La iniciativa concibe un parque “porque es un espacio sostenible y de interacción social”; el aspecto sustentable “porque tiene techo verde, masa térmica, ventilación natural y sistemas de climatización de baja energía”, la integración de lo urbano y el paisaje y un espacio cultural, con muestras de música, arte, literatura
Ideado en tres pisos, cada uno se integra al otro, borrando los límites arquitectónicos: se concibe como una red de caminos infinitos: nunca hay un único recorrido. La cubierta no es un techo separado, sino una superficie transitable, que se recorre, se observa y se convierte en parque. Este gesto genera que el edificio sea parte del paisaje: la cubierta funciona como mirador, como sendero, como extensión pública del terreno. Al elevarse y descender nuevamente, genera caminos continuos, trazados que no se interrumpen”.
La cátedra del Taller Metropolitano propuso el área de Monte Hermoso para la promoción en la que cursó Juan José y el arquitecto Andrés Moroni fue su director.
“En mi caso, Monte Hermoso me recuerda a mis abuelos. Ese lugar de disfrute y de reunión con amigos, de juegos, caminatas y tardes en la playa, es también un espacio para estar con mi familia y compartir momentos que marcaron mi vida y la forma de mirar ese lugar”, contó.
“Propongo una arquitectura que no se separa del sitio sino que emerge de él, siguiendo la lógica natural del propio lugar. A lo largo de mi formación, la búsqueda estuvo orientada a comprender cómo la arquitectura puede escuchar el sitio antes de intervenirlo, reconocer sus condiciones naturales, su memoria y su capacidad transformadora.
“El trabajo asume una posición ética y sensible: proyectar con conciencia ambiental y cultural, donde cada decisión constructiva y espacial contribuya a restituir equilibrio entre naturaleza y habitar. Más que diseñar un objeto, se busca construir una actitud: una arquitectura que escucha, se adapta y revela el carácter profundo del lugar. La arquitectura, así, no crea el lugar: se inscribe en él
“Proyectar implica, antes que intervenir, escuchar: reconocer las condiciones naturales, la topografía, el clima, la memoria, los usos cotidianos y los significados acumulados en el tiempo”, resumió.
Juan José fue finalista del concurso internacional Riyadh Dream Villas De La Young Architects Competitions (YAC), con un proyecto basado en la creación de una caverna artificial fusionando la idiosincrasia de la cultura árabe con la esencia del desierto. Lo hizo junto a María Luz Suárez, reciente graduada de Arquitectura de la UNS.
Además, participó junto con María Luz Suárez de la idea del cenotafio por las víctimas del Elevador Nº 5, emplazado en Ingeniero White.




